Recuerdo en mi niñez, cuando llegaban las esperadas vacaciones,
la familia se desplazaba al pueblo de mi madre (años hace) a “veranear”. Lo
cierto es que en el pueblo se comía de la matanza del cerdo, que todos los
años con una cierta ceremonia sacrificaban, para hacer aquellos exquisitos
embutidos. Pero ocurría que a mi no me gustaban aquellas señoriales morcillas,
porque el sabor era diferente al que estaba acostumbrado en la capital. La
explicación era simple, el niño se había acostumbrado a comer “mierda” y un
huevo recién cogido del gallinero le sabia raro.
Pues bien, hoy con mis 82 años, recordando aquellos años, tengo
la sensación de estar viviendo en mi España, la misma sensibilidad que en mi
pasada infancia en el pueblo. Acostumbrado a la mentira, a la corrupción, a la
libertad de expresión que acoge todo lo decible como normal, y a todas las aberraciones habidas, creando
tribus progresistas con un anarquismo propio de la idealizada II República.
Injiero toda esta mierda como algo natural y otra cosa sería hasta rechazable
por no conocida. Habría que volver al pueblo y durante un par de generaciones...
o tres, comer aquellas sabrosas morcillas. Igual a decir empezar de cero en una
educación racional donde un joven o “jovena” supieran algo, de quién fue Felipe
II o los puntos cardinales de nuestra España única e indivisible.
No sería retrotraernos a tiempos indeseados, sería considerar
lo bueno de lo malo. Recuerdo la mitología griega. Los filósofos tenían una
Afrodita celestial, representando el amor del cuerpo y del alma, un día se
reunieron y decidieron que el pueblo necesitaba más lujuria y crearon una nueva
Afrodita nacida de Zeus y Dione (Afrodita Pandemos - “Podemos”) a la que por el
exceso de embriaguez y sexo, se impuso la homosexualidad y el declive de
Grecia. Más tarde, fue el Imperio Romano quien acogió a Afrodita como su diosa, cambiándole
el nombre por Venus, cayendo en el mismo error haciéndose débiles. Fueron
aniquilados por los barbaros del norte. De una u otra forma la historia se
repite, al pueblo hay que respetarlo, pero también controlarlo promulgando leyes,
que dentro del sentimiento democrático controlen el sentimiento natural del
querer vivir de “puta madre” con el mínimo esfuerzo. Desgraciadamente si le das
el poder de decisión al pueblo en todo, habría que darle antes a comer mucha
morcilla del pueblo de mi madre. Claro, durante dos… o tres generaciones. De no
ser así, vendrán los moros y nos aniquilaran.
Estimado Adolfo: En tu blog, siendo el día 21 de julio de 2015 escribías un afortunado comentario, y entre otras de cosas de indudable calado decías lo que de alguna manera viene a cuento:
ResponderEliminar“Yo creo, que tenemos lo que nos merecemos, aunque la verdad que me siento mal, porque aquí en Alicante, donde resido, en el nuevo grupo municipal la concejala de juventud se declara tortillera, bollera, feminista, animalista; la concejala de cultura de Madrid, algo de lo mismo. Todo un ejemplo. Tendría que salir el Sr. Zapatero (o Pedro Sánchez) a poner un poco de orden en este patio de colegio en parte creado por el PSOE.
Yo por ser un antifranquista estuve 15 años refugiado político en Francia (1960 -1975) nunca fui un extremista, tanto, que me dan asco por romper la concordia. Hoy con ochenta años me da pena de que los españoles seamos tan “gilipollas”. Solo puedo ver lo que pasa desde mi balcón”.
Qué razón tenía D. Santiago “endémicopodeismo”.