Después de Ifni. Capítulo 2. De vuelta en Valencia (3/6)

Capítulo 2. De vuelta en Valencia

Pasados unos días, volví a reintegrarme a mi trabajo en la UNL ‒Unión Naval de Levante‒, los astilleros de Valencia.
Hacía dos años que había salido de la escuela de la empresa y me había incorporado como ajustador, fue unos meses antes de ser llamado a cumplir mi SMO... Regresé en mal momento, habían cambiado la dirección de la empresa y empezaban a reestructurar el sistema de trabajo por uno de productividad. En el sistema anterior te daban un trabajo a realizar en un tiempo, si lo terminabas en un periodo menor tenías un coeficiente de tiempo que se acumulaba en el sueldo. A este sistema se le denominaba "a destajo".

Después de Ifni. Capítulo 1. Después de Ifni (2/6)

Capítulo 1. Después de Ifni

Mi SMO ‒Servicio Militar Obligatorio‒ lo fue inmerso en una guerra sobrevenida, en Ifni, durante dieciséis meses, en su mayor parte cumpliendo con el absurdo deber de defender, con un fusil Máuser remendado de la Guerra Civil, un territorio que no era ni patria, frente a un enemigo al que debías matar, por sobrevivir. Un SMO en un territorio inhóspito tratado como un perro famélico, luchando contra el moro astuto, donde me dejé parte de mi juventud y la sonrisa. Me casaron con la muerte, me divorciaron en junio de 1958, dejando atrás, en el eco de las vaguadas, los gritos de dolor y muerte, acompañados de explosiones de mortero y el eco del disparo «¡Pa! ¡Cum!», llamados "Pacos", o de los que venían rebotados que sonaban como abejorros haciendo grandes destrozos. Salí de aquel infierno que fue Ifni hacia Las Palmas de Gran Canaria, terminando por mar en Cádiz.

Después de Ifni. Prólogo (1/6)

Introducción

Estos son los primeros cinco capítulos de la autobiografía, inconclusa, que Adolfo Cano estaba escribiendo durante los meses anteriores a su fallecimiento. En ella cuenta sus vivencias desde su salida de Ifni, al finalizar el Servicio Militar Obligatorio, cumplido durante la Guerra de Ifni-Sáhara, de lo que dejó constancia en su libro titulado "Ifni 1957-1958. Sin memoria histórica" (Punto Rojo, 2017), pasando por la estancia en casa de sus padres en Valencia y su posterior exilio "voluntario" a Europa.
El prólogo a esta, por desgracia breve obra, lo pone el escritor y Abogado Manuel Jorques Ortiz, también soldado en Ifni, amigo de Adolfo y cofundador, junto con él y otros veteranos, de la asociación AVILE -de la que Adolfo fue su primer presidente-.
Estos capítulos se hacen públicos gracias a la generosa autorización de la viuda de Adolfo, que nos ha permitido publicarlos.
En memoria de Adolfo Cano.
Pablo Vázquez Ramírez.

De los recuerdos

Ifni y Sáhara se convirtieron en refugio de militares afines al Régimen


Ifni era entonces un destino codiciado por los militares profesionales. La independencia de Marruecos, proclamada poco más de un año antes, había dejado huérfanos a miles de africanistas. Como el propio dictador, ellos habían hallado en el país vecino una vía rápida para ascender, sueldos que duplicaban a los de sus compañeros de la Península y un prestigio social impensable en la metrópoli, donde sólo podían aspirar al pluriempleo. Finiquitado el Protectorado del Norte y expulsados del Rif y del Yebala, sólo les quedaban Ifni y el Sáhara para continuar disfrutando de una sociedad a su medida. Las dos colonias olvidadas se habían convertido en su último refugio.
EL SÁHARA OCCIDENTAL (entonces Sáhara Español) era un desierto habitado por menos de cien mil nómadas en donde la arena y el siroco amargaban la existencia a los españoles. Pero Ifni era un lugar de extraña belleza, con altos montes de tierra roja cubiertos de cactus de un verde brillante y regado por numerosos arroyos. El territorio, de 1.700 kilómetros cuadrados (tres veces el municipio de Madrid), se hallaba incrustado al sur de Agadir. El Atlántico batía sus 60 kilómetros de costa y suavizaba la temperatura. Cuando estalló el conflicto, estaba habitado por 50.000 personas. De ellas, sólo el 18% eran europeas: militares, funcionarios, comerciantes y sus familias. Las demás eran bereberes pertenecientes a la tribu Ait Baamarán, que 20 años antes había contribuido con 11.000 hombres a la Cruzada de Franco.

Ifni, diciembre de 1957

El aguinaldo


A mediados de diciembre, el país empieza a pensar en las fiestas que se avecinan, la Nochebuena y Nochevieja de los soldados que combaten en Ifni y Sahara. Los donativos empiezan a inundar el Ministerio del Ejército y pronto las autoridades organizan oficialmente los envíos para la Navidad y Año Nuevo de los combatientes. Organismos oficiales y particulares preparan campañas en la que no faltan emisoras de radio, que viven su época dorada pre-televisiva. 
Los aguinaldos que se recaudan en todas las provincias españolas, incluyen desde 10.000 botellas de vino espumoso –entonces no existía el ”cava”–, libritos de papel de fumar de las fabricas de Alcoy, gran cantidad de paquetes de tabaco de Canarias, Cifesa ofrece una copia de la película del momento “El último cuplé” recién entrenada en Madrid. La casa Terry ofreció 4.800 botellas de coñac de su marca. El día 14 de diciembre zarpó del puerto de Barcelona el buque "Ciudad de Cádiz" rumbo a Sidi Ifni, con turrón y champan Granpan Cremant de Codorniu. En total fueron 834 cajas de champan y 60 grandes cajas de turrón. La Cruz Roja Española envía 40 aparatos de radio para la tropa. El Ministerio del Ejército dispone de 1.000.000 de pts. en turrones, licores, vinos, tabacos, etc. Las diferentes provincias españolas hacen donación de sus productos regionales más típicos, el pueblo ingresa gran cantidad de dinero a la cuenta establecida

Una reflexión muy particular

Recuerdo en mi niñez, cuando llegaban las esperadas vacaciones, la familia se desplazaba al pueblo de mi madre (años hace) a “veranear”. Lo cierto es que en el pueblo se comía de la matanza del cerdo, que todos los años con una cierta ceremonia sacrificaban, para hacer aquellos exquisitos embutidos. Pero ocurría que a mi no me gustaban aquellas señoriales morcillas, porque el sabor era diferente al que estaba acostumbrado en la capital. La explicación era simple, el niño se había acostumbrado a comer “mierda” y un huevo recién cogido del gallinero le sabia raro.
Pues bien, hoy con mis 82 años, recordando aquellos años, tengo la sensación de estar viviendo en mi España, la misma sensibilidad que en mi pasada infancia en el pueblo. Acostumbrado a la mentira, a la corrupción, a la libertad de expresión que acoge todo lo decible como normal,  y a todas las aberraciones habidas, creando tribus progresistas con un anarquismo propio de la idealizada II República. Injiero toda esta mierda como algo natural y otra cosa sería hasta rechazable por no conocida. Habría que volver al pueblo y durante un par de generaciones... o tres, comer aquellas sabrosas morcillas. Igual a decir empezar de cero en una educación racional donde un joven o “jovena” supieran algo, de quién fue Felipe II o los puntos cardinales de nuestra España única e indivisible.